INDICE DE CONTENIDOS
- INTRODUCCIÓN……………………………….………………….2-3
- OLEADAS TERRORISTAS……………………….………………4-7
- EL ISLAM Y LOS ÁRABES…………………………….………8-16
- OBJETIVO ESPAÑA……………………………………………17-21
- AL QAEDA E ISIS……………………………………………….22-25
- LA PROPAGANDA…………………………………………….26-27
- LAS MOTIVACIONES DEL TERRORISTA……………..28-33
- CONCLUSIONES…………………………………………..…..34-36
- BIBLIOGRAFÍA…………………………………………..……..37-42
- INTRODUCCIÓN
Es difícil acotar a la hora de hacer este trabajo “Fundamentalismos Religiosos: Un terrorismo global”. Dónde entrar y dónde no. Cualquier hilo que pretendamos agarrar va a multiplicar las vías que tomar cuando tiremos de él. Por ello se pretende entrar de puntillas en ciertos aspectos que rodean este terrorismo global, basado en el fundamentalismo islamista, en los siguientes capítulos.
Como primer capítulo hablaremos precisamente de terrorismo global y como este fenómeno internacional se ha ido reproduciendo desde el siglo XIX con distintos protagonistas, objetivos y motivaciones. Algunos autores hablan de oleadas terroristas. Esta oleada de terrorismo que venimos sufriendo actualmente, y de la que somos especialmente consciente cuando golpea a occidente, es considerada como la cuarta ola del terrorismo internacional (De Fina, 2015). Es un proceso cíclico que sucede desde que se “inventó” el terrorismo internacional en el siglo XIX. Actualmente esta cuarta ola, ola del terrorismo religioso, parece haber tomado el tamaño de un tsunami imparable que afecta y golpea a decenas de países. Cómo hemos llegado históricamente a este punto será tratado en el siguiente capítulo y por qué aparece eses rencor y odio en ciertos jóvenes musulmanes basándose otros tiempos y en otras épocas. En el tercer capítulo se tratará la amenaza que supone el fundamentalismo islamista en nuestro país. El 11M no fue el primer atentado sufrido en España. Hubo otros antes y se han intentado otros después.
En los últimos capítulos veremos qué ideología radical mueve a los terroristas y cuáles son las organizaciones con más peso a nivel mundial. Sus puntos en común y diferencias. Veremos cómo se valen de la propaganda para llegar a sus seguidores, hacer proselitismo y en su caso dar las debidas órdenes para que se cometan atentados. Por último, concretando más en la persona del terrorista, estudiaremos las motivaciones que le rodean, las justificaciones y la falta de identidad.
1.1.-OBJETIVOS GENERALES Y OBJETIVOS ESPECIFICOS
Intentar responder o al menos profundizar en ciertos aspectos mencionados en la introducción. Analizando la situación actual del fundamentalismo religioso se plantean las siguientes cuestiones:
- ¿Nos encontramos ante una nueva ola de terrorismo internacional que remitirá como las anteriores?
- España ya ha sido objetivo en otras ocasiones y podría serlo de nuevo ¿qué riesgo corremos en nuestro país?
- El terrorista occidentalizado ¿Cuáles son las corrientes radicales que toma en la actualidad? ¿Se abraza el fundamentalismo ante una falta total de identidad dentro de su entorno?
- ¿Cómo influye la propaganda y qué utilización se hace de ella?
- ¿Se consideran los mártires seguidores leales deseosos de cumplir con su deber o mandato? ¿Es eso lo que les lleva a tal sacrificio? ¿Es utilizado el consumo de sustancias para ayudar a su inhibición?
1.2.- JUSTIFICACIÓN
La actual globalización de la sociedad repercute en cada uno de los aspectos de la vida cotidiana y el terrorismo no queda fuera. El terrorismo internacional más globalizado de la historia es el actual terrorismo islámico. Su estudio es una necesidad.
1.3.-METODOLOGÍA DEL TRABAJO
Las fuentes con las que se cuenta podrían llegar al infinito ya que cada día desde hace décadas se escriben libros y artículos, se editan videos, se hacen entrevistas y lo vemos prácticamente en vivo en las noticias. Es una fuente viva e inagotable que hace que este trabajo sea incompleto y quede obsoleto mientras se realiza. Nuevas detenciones, investigaciones, atentados, declaraciones…..
- OLEADAS TERRORISTAS
“OK, estamos preparados”
Con este mensaje de texto un terrorista dio comienzo a un sangriento viernes en París. Aquel 13 de noviembre de 2015, 129 personas serían asesinadas y 250 resultarían heridas. A uno de los terroristas pertenecía este teléfono. Tras unos días de miedo y locura, fundamentalistas islámicos se atribuían el hecho. En realidad el valor se lo daban a otro «El elogio y el mérito pertenecen a Alá» (Vicente, 2015).
La reivindicación de DAESH daba detalles de la masacre en árabe y francés: «Ocho hermanos con cinturones de explosivos y fusiles de asalto han atacado objetivos cuidadosamente elegidos de antemano en el corazón de la capital francesa» (Vídeo, Carrión, and 10, 2015). La elección de los lugares atacados no fue improvisada. Se atentó a las afueras del estadio en el que Francia y Alemania “países cruzados” disputaban un partido de fútbol al que asistían cargos políticos de ambos países. La sala de conciertos Bataclan era una reunión de “idólatras” en una fiesta al más puro estilo occidental y en las terrazas se dejaba ver una sociedad sin miedo que disfrutaba de su tiempo libre.
Una rápida búsqueda en internet nos muestra que el episodio descrito lo podemos encontrar, en los últimos años, reproducido en los países de nuestro entorno. Pero igual ocurre en África, Asia y América. Estamos ante un fenómeno global. Según Ovejero (Ovejero, 2008) el terrorismo es actualmente la forma más extendida de la llamada “constelación asimétrica de conflictos” (Waldmann, 2004). Esto viene a ser un grupo débil que se arriesga a derribar a un enemigo más fuerte, con más recursos, intentando volver sus armas en su contra. (Waldmann, 2004)
Prácticamente todos los países del globo han sufrido dentro de sus fronteras algún tipo de acción terrorista sea cual sea el propósito de sus actores. Estos episodios han sido asumidos por organizaciones comunistas, grupos fascistas, colectivos separatistas, fundamentalistas religiosos, etc.
El fenómeno del terrorismo como algo organizado, sistemático y planificado es un fenómeno reciente (Ovejero, 2008). Según la argumentación de David C. Rapoport, desde 1880 hasta la actualidad, internacionalmente se han sucedido cuatro oleadas de terrorismo de 35 a 40 años de duración, aproximadamente, cada una (Rapoport, 2004). Existen, asimismo, ciclos generales de protesta revolucionaria o contra-revolucionaria, con los que el terrorismo está íntimamente ligado, apareciendo de forma más acusada en los periodos de declive de estos ciclos de protesta. Agotado el periodo o ciclo de protesta el terrorismo surgido ha demostrado en ocasiones una gran capacidad para adaptarse superando esa fase de agotamiento y llegando a enlazar con un nuevo ciclo de protesta (González-Calleja, 2009).
Por lo tanto esta “dinámica cíclica” (González-Calleja, 2009), transcurre por fases de mayor movilización seguidas por fases de desmovilización. Según plantea Sydney Tarrow, la dinámica cíclica de movilización colectiva se puede dividir en tres estadios (Tarrow, 1991):
- Fase ascendente: Sucede cuando personas agraviadas son mayormente presionadas con nuevas injusticias o cuando aumentan las oportunidades para actuar por la presencia de un clima político menos coactivo. La violencia aumenta notablemente.
- Fase intermedia: Se llega a la máxima movilización social por contagio y aumentan el resentimiento y el antagonismo entre las partes en conflicto. Se toleran medios de protesta o lucha más enérgicos (pudiendo llegar al terrorismo). También puede llegarse a la conciliación, transformándose el movimiento social en partido o grupo de presión.
- Fase descendiente: En la agonía del movimiento social acabado se recrudecen los choques y la represión sobre el grupo, por lo que aparece el desaliento y el desánimo. Los que persisten adoptan actitudes más violentas y quedan aislados.
La intención subyacente a los más diversos terrorismos es justamente lo que se conoce como principio de provocación o “espiral de acción-represión”: los atentados espectaculares pretenden que los gobernantes reaccionen represivamente de forma desmesurada, lo que por fuerza afectará también a muchos inocentes, con lo que serían muchos (los inocentes afectados, los familiares de estos, otros muchos simpatizantes, etc.) los que acabarían engrosando las filas de los terroristas o, al menos, simpatizando con ellos (Ovejero, 2008). Cada cual define la acción del otro como ilegítima y por tanto necesitada de medios justificados y extraordinarios de coerción (Tarrow, 1989).
El terrorismo es “violencia ideologizada”, y ha sido usado con múltiples fines por diversos sistemas políticos y grupos de las más variadas tendencias doctrinales. (Calleja, 2012) Para Waldmann (1998) existen cuatro principales formas de terrorismo:
- Terrorismo revolucionario social. Raf en Alemania, Brigadas Rojas en Italia y por poner un ejemplo más cercano GRAPO o FRAP en España. Se trata de un terrorismo de auto proclamadas vanguardias marxistas que pretende ser punta de lanza de la revolución social.
- Terrorismo étnico nacionalista. IRA en Irlanda del Norte (Reinares-Nestares, 1998).
- Terrorismo de extrema derecha: Ki-Klux-Klan en USA.
- Terrorismo religioso: A nivel planetario Al Qaeda o ISIS.
Volviendo a las oleadas de terrorismo internacional, actualmente se puede distinguir con claridad una nueva oleada “que combina el fanatismo religioso, fórmulas de articulación organizativa menos centralizadas, un patrocinio estatal sostenido y la voluntad de ejecutar, calculadamente o a la desesperada, el notable potencial destructivo disponible” (Reinares, 1998). Nos encontramos ante “una violencia casi por completo transnacionalizada y vinculada simbióticamente con otras formas de delincuencia organizada que traspasan también las fronteras estatales, cual es el caso del comercio ilícito de armas o del narcotráfico” (Reinares, 1998).
Aunque “la tozuda realidad es que el éxito de una campaña terrorista se puede contar con los dedos de una mano a lo largo de la Historia” (Calleja, 2012) al menos cuatro oleadas de terrorismo internacional se han sucedido una tras otra.
La Primera Oleada es la anarquista cuyo punto álgido se produce en los años 90 del siglo XIX. La Segunda Oleada se vio impulsada por los intentos de liberación nacional de territorios colonizados por potencias occidentales y hubo un cambio de estrategia. Mientras que en la oleada anarquista se atacaba primordialmente a personas prominentes en la segunda oleada se comenzó a atacar a policías y militares. Aquí entraríamos en el proceso acción y reacción, tan conocido a día de hoy, en el que la represión sufrida por los percibidos como más débiles haría que sumaran apoyos. (Sánchez de Rojas Diaz, 2016). A partir de 1960 optaron por la violencia terrorista personas que intentaban promover una revolución social. Nos referimos a la Tercera Oleada, que llegaría hasta pasados los años 80 y fue conocida como “nueva izquierda” (De Fina, 2015b).
Tras estas primeras tres oleadas, llegamos a la actual, la cuarta oleada, la del terrorismo religioso. Durante los años ochenta muchos grupos islamistas radicalizados iniciaron la lucha armada contra los “regímenes apóstatas” de sus respectivos países, activando esta nueva oleada de violencia yihadista en la que nos encontramos. (González-Calleja, 2009). Atentados como los de las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania hacían prever que los planteamientos de los ideólogos religiosos que fomentan este terrorismo justificarían el homicidio masivo y que cada atentado buscaría ser más espectacular, más letal y más indiscriminado que el anterior. A diferencia de otras oleadas que planteaban objetivos políticos claramente definidos en la mayoría de los casos, el terrorismo islamista ataca al sistema en general, no tiene objetivos concretos. Para Calleja (2012) “la recreación del Califato es pura retórica al borde de la fantasía o la utopía”. Otros autores, como Sánchez de Rojas Diaz (2016), intentan identificar ciertos principios ideológicos que serían comunes dentro del terrorismo fundamentalista islámico:
a) El deseo de restaurar la grandeza originaria del islam tanto en el ámbito espiritual como temporal;
b) El re islamizar las sociedades musulmanas a partir de lo que definen como ortodoxia;
c) La aspiración de que las estructuras políticas sean islámicas y velen por la creación de un entorno acorde a los principios religiosos;
d) El deseo de lograr la unión de todos los musulmanes; y
e) La voluntad de extender el islam a todo el planeta
Los verdaderos ideólogos que mueven los hilos en esta nueva oleada terrorista internacional, la más global de todas, quieren situar frente a frente a dos enemigos, occidente y el islam. Ambos con presencia mundial y ambos con intereses muy distintos. Agotado el ciclo veremos en que acaba esta oleada, si deja paso a otra o si más que oleada internacional habría que hablar de guerra mundial. Algunos autores como Calleja (2012) hablan de que irremediablemente aparecerá el “declive del movimiento yihadista” y que esto dará paso a una nueva oleada, por una nueva causa, que será política, social, racial, nacional o religiosa. Pero eso de momento no ha llegado.
- EL ISLAM Y LOS ÁRABES
Podríamos decir que la principal fuente de inestabilidad en el mundo moderno se encuentra en Oriente Próximo y Medio. En este enclave se encuentran también las dos terceras partes de las reservas de petróleo conocidas. Occidente ya influía en la zona antes de que el oro negro moviera el mundo y los conflictos internos ya existían muchos siglos atrás. La supremacía mostrada durante largos periodos de tiempo por parte de occidente ha motivado, en algunos casos, un resentimiento enfermizo. La situación actual por lo tanto no es algo que haya surgido espontáneamente, si no que puede que estemos recogiendo lo que hemos cosechado a lo largo de la historia.
En el tercer milenio a.C. los árabes aparecen mencionados por primera vez en los textos escritos de los pueblos vecinos, que ambicionaban sus tierras más fértiles. Serían textos sumerios los que empiezan a hablar de este pueblo, pero, en todo caso, si nos acercamos al primer milenio, las referencias ya son más claras, situándolos en las fronteras de Palestina, Siria y Mesopotamia (Vernet, 2006).
El pueblo árabe, y sobre todo su lengua, se extendieron por la Península Arábiga y el norte de África. Fue allí, en la ciudad más importante de la península, la Meca, donde nació el Islam en el siglo VII (Yahya, 2010). Su rápida expansión continuó hacia el “Creciente Fértil”, o sea, Siria, Líbano e Iraq (de Aristegui, 2005). Posteriormente caerían a sus pies Asia Menor, Extremo Oriente, Europa Báltica y África del Norte. De ahí el salto a la Península Ibérica y su conquista era un mero trámite que se produjo en apenas 5 años, entre el 711 y 716.Cabe destacar que no se debe confundir ser árabe con ninguna adscripción religiosa. Ser árabe no implica ser musulmán y viceversa. El islam es muy posterior y es pluricultural, pero si es verdad que la gran mayoría de los árabes son musulmanes, al menos un 90%, y que esta religión está muy ligada a la cultura árabe (LDD – El Monoteísmo. Orígenes del judaísmo, cristianismo e islam, 2014).
A día de hoy el islam se extiende globalmente sin distinción de razas ni naciones. Su expansión fue más rápida que la de la mayoría de los credos y, “un siglo después de la muerte de su Profeta, Mahoma, sus fieles se encontraban ya en gran parte del Antiguo Continente, desde el Sahara y los Pirineos hasta las planicies del Asia Central y el Índico, territorios que distan mucho . Hasta estos territorios tan distantes del hogar en que nació —las ciudades de La Meca y Medina” (Vernet, 2006).
La utilización de Arabia y sus oasis, como refugio por los judíos y cristianos (Vernet, 2006) donde mantuvieron contacto con las tribus árabes que habitaban aquellos terrenos, hizo que al surgir el Islam, se impregnara de estas dos religiones. Así, cristianos, musulmanes y judíos tienen muchas facetas en común. Dios dice en el Corán que los musulmanes comparten la misma fe con la Gente del Libro: …“Creemos en lo que se nos ha revelado a nosotros y en lo que se os ha revelado a vosotros. Nuestro Dios y vuestro Dios es Uno. Y nos sometemos a Él” (Corán, 29:46). (Yahya, 2010).
La mezcla cultural y religiosa en la zona ha sido constante a lo largo de la historia, así, hasta el año 71 C, Jerusalén era la capital de los judíos. Con la entrada de los ejércitos romanos comienza la diáspora judía y años más tarde pasa a ser territorio cristiano al adoptar el emperador romano Constantino esta religión. Posteriormente los persas conquistan la región durante un breve tiempo, pasando de unas manos a otras hasta que ocurre un giro importante, corre el año 637 y los ejércitos islámicos entran triunfantes (Yahya, 2010). Esto marca un nuevo carácter en el pensamiento islámico en el que la fe en Dios les encumbra como pueblo. Así, cuando los islamistas vencen por primera vez y la noticia llega a La Meca, la tradición sostiene que Mahoma dijo: “Éste es el primer día en que los árabes han vencido a los persas y es gracias a mí por lo que han sido ayudados por Dios” (Vernet, 2006).
El Islam nació como continuación de otras religiones monoteístas, como el judaísmo y el cristianismo. El Corán da una nueva lectura al monoteísmo reconociendo a los profetas de estas dos religiones y, según los islamistas, viene a cerrar la tradición profética que comenzó con Abraham. El Dios de Judíos, Cristianos y Musulmanes es el mismo. De hecho si un cristiano rezara en árabe llamaría a Dios “Alá” (LDD – El Monoteísmo. Orígenes del judaísmo, cristianismo e islam, 2014).
Mahoma es una figura histórica. Fue un árabe dedicado al negocio de las caravanas que siendo ya adulto, recibe la llamada espiritual. Ese es el origen del Islam y las revelaciones que se produjeron a lo largo de toda su vida fue transmitiéndolas a sus seguidores que las plasmaron el Corán. Este libro, sagrado para los islámicos, viene a ser un texto para ser recitado en árabe abierto a interpretaciones y que conseguiría conectar al creyente con Dios.
Con la muerte de Mahoma sin haber dejado este un claro sucesor se produce una escisión y los enfrentamientos comienzan entre estas dos corrientes, la más próxima a la “forma árabe”, la sunnita (o seguidores de la «sunna» o tradición, con igual autoridad que el Corán), que tiene que ver con que el sucesor sea la persona más prepara, y la chií, que responde más a la descendencia de Mahoma. (LDD – El Monoteísmo. Orígenes del judaísmo, cristianismo e islam, 2014). Estas dos grandes ramas se tachan mutuamente de «infieles«. Los sunnitas creen que los 31 califas después de la muerte de Mahoma fueron legítimamente elegidos, mientras que los chiitas no admiten esto, y sostienen que el auténtico sucesor de Mahoma fue Alí, yerno del Profeta (Freixedo, 1995). La mayoría de los árabes eran (y siguen siendo) de confesión musulmana sunita (Rogan, 2012). A parte de esta división, han aparecido a lo largo de la historia otros grupos y filosofías que hacen del pensamiento islámico un verdadero laberinto. “En la actualidad, dada la enorme extensión del Islam entre pueblos y culturas muy diferentes, hay una infinidad de ritos distintos, muchos de los cuales son contrarios a lo que se lee en el Corán” (Freixedo, 1995).
Con la rápida difusión del islam se dibujó un periodo de paz, en un lugar, que durante siglos, había sido el escenario de guerras, exilios, saqueos y masacres cada vez que se producía un cambio de amos. “La llegada del Islam fue el comienzo de un período en que individuos de distintas creencias vivieron pacíficamente y bien avenidos” (Yahya, 2010). Se da paso durante los primeros cinco siglos tras el surgimiento del islam (del siglo VII al siglo XII) a la época de los grandes imperios islámicos, consiguiendo “alzarse con el predominio en los asuntos del mundo” (Rogan, 2012). Esta era del islam es motivo de orgullo para los árabes. En los colegios del mundo islámico “especialmente en el entorno árabe” (de Aristegui, 2005) se mira con nostalgia y cariño aquel pasado glorioso.
“Cuando los ejércitos árabes tomaron Jerusalén en 638 C., ocuparon una urbe cuyos santuarios la habían convertido en el sitio a donde más peregrinaban los cristianos. Las iglesias y las poblaciones de esa fe no fueron molestadas. Se permitió retornar a los judíos —quienes durante mucho tiempo tuvieron prohibido vivir allí por orden de los reyes cristianos— y practicar su culto en la ciudad de Salomón y David.” (Esposito, 2006).
En el caso de los islamistas, argumentan que la grandeza de los árabes ha ido siempre de la mano de la fe y el compromiso de su adhesión a religión (Rogan, 2012) y que la pacífica convivencia que hacía confluir a civilizaciones, etnias, tribus y religiones, fue destruida a fines del siglo XI. “Llegó una fuerza conquistadora desde el extranjero y la tierra civilizada de Jerusalén fue saqueada de un modo salvaje y brutal nunca visto. Los bárbaros eran los Cruzados.” (Yahya, 2010).
Según los historiadores, más de cien mil personas del continente europeo partieron hacia Tierra Santa para liberarla de los musulmanes, como respuesta al llamamiento del Papa Urbano II en 1095. Cuatro años después, en 1099, se mantuvo Jerusalén en sitio por cinco semanas. Al caer la ciudad se “cometieron crueldades nunca vistas antes. Todos los judíos y musulmanes de la ciudad fueron pasados a espada” (Armstrong, 2015). Posteriormente, Saladino y su ejército, entraron como conquistadores a Jerusalén el 2 de noviembre de 1187 y la ciudad volvió a ser musulmana (Armstrong, 2015).
En su examen de la historia árabe, Rogan (2012), distingue distintas fases. Tras estos primeros acontecimientos se abriría paso a la época Otomana. Tras ella otras tres, la época colonial europea, la época de la guerra fría y la actual época de dominación estadounidense y la globalización. A ojos del islamista que contempla este pasado, Occidente parece haber manejado el mundo árabe a su antojo, ocupando territorios, trazando fronteras entre pueblos y llevando la guerra al patio de su casa. La colonización dividió sus fronteras y la rivalidad en los años de guerra fría hizo que USA y la URSS aterrizaran en zona árabe con la intención de acercar a su área de influencia a los distintos países.
Volviendo a su época de mayor esplendor, las reacciones ante la nostalgia de aquellos tiempos gloriosos dependerán de la interpretación dada. Los habrá que piensen que son tiempos pasados que no deben impedir que el islam se modernice; en cambio, habrá otros, que se sientan profundamente frustrados y en los que se despertará un sentimiento antioccidental. Para esto últimos “occidente trata con desprecio al islam y hace todo lo posible para humillarlo” (de Aristegui, 2004). Cuando un radical evoca la grandeza de Al-Ándalus, El Cairo, Estambul, Damasco o Bagdad piensa que todo llegó por la firmeza en su fe. Cuando el sultán de los ejércitos islámicos mandaba el ataque, no olvidaba su ejemplar del Corán que les acompañaba y guiaba.
Toda aquella grandeza pareció verse arroyada con la llegada de los turcos otomanos. Es un punto de inflexión crucial en su historia. “Por primera vez desde el surgimiento del islam, el mundo árabe pasaba a quedar gobernado desde una capital que no hallaba en manos árabes” (Rogan, 2012). Las reglas vendrían impuestas desde fuera. La fortuna fue que los Otomanos resultaros ser firmes defensores de la religión y combatientes de los infieles, y acabaron propiciando en el siglo XIX el segundo periodo de mayor esplendor árabe, o al menos la época que, después de la anterior, se halla más notablemente marcada por la existencia de grandes expectativas. Según Kassir (2006), en esta época (s. XIX) “desde El Cairo hasta Bagdad y de Beirut a Casablanca, los pintores, poetas, músicos, dramaturgos y novelistas se dedicaron a dar forma a una cultura árabe nueva y dinámica”. Continúa el autor diciendo que aquella época fue “en la que los árabes tuvieron la oportunidad de encarar el futuro con optimismo”.
Este califato Otomano sunnita, que acabaría desapareciendo en 1924, había mantenido el mundo musulmán en cierto modo unido y la fragmentación que dejó su desaparición, según los islamistas, generó las dificultades de las que aún hoy no se ha recuperado (Yahya, 2010). Su fragmentación comenzó en el siglo XX, al aflorar, en las provincias árabes del impero otomano, nacionalismos (Rogan, 2012). Tras este periodo llegaría la primera guerra mundial y el colonialismo por parte de las potencias de Gran Bretaña y Francia principalmente, siendo una de las causas de la expansión del islamismo radical precisamente el colonialismo (de Aristegui, 2005).
Estas dos potencias de occidente bajo el pacto Syket-Picot se repartieron Oriente Próximo, apareciendo en este momento un fuerte sentimiento antiimperialista. Para la mayoría de los árabes este pacto fue una traición de Occidente. Se sintieron engañados y supuso en realidad un cambio de amo de otomanos a occidentales (de Aristegui, 2004). Posteriormente surgió un sentimiento de unidad que luchaba por romper las fronteras trazadas por potencias imperiales para “dividirles” (Rogan, 2012). Como occidentales, actualmente podríamos pensar que el islamismo puede atentar contra nuestra forma de vida pero es que desde la mirada de un árabe puede que la amenaza a su modo de vida provenga del mundo occidental. Esta amenaza se ha materializado de hecho en ocasiones. Rogan (2012) cuenta cómo Occidente ha intentado disfrazar demasiadas veces ocupaciones con salvación y liberación, desde Napoleón en Egipto en 1798 a Estados Unidos en Irak 2003, pasando por el ya mencionado reparto del mundo árabe entre Gran Bretaña y Francia en 1916. Como se ve, a lo largo de la historia el mundo árabe ha tenido una función utilitaria para occidente y la era del petróleo y la guerra fría seguiría contribuyendo a ello.
Actualmente se asocia irremediablemente islam y mundo árabe pero es verdad que es fácil olvidar que hubo épocas en las que Oriente Próximo era notablemente laico (Rogan, 2012). Hombres y mujeres se mezclaban libremente y vestían preferiblemente ropa occidental a la tradicional. Se bebía alcohol a pesar de la prohibición islámica. La cultura occidental había penetrado en la región. “Un tiempo en que las palabras «árabe», «modernidad» y «pensamiento universalista» no eran incompatibles” (Kassir, 2006). Pero tras ese periodo la cultura laica inicio un proceso de retroceso dejando paso a un islamismo cada día con más fuerza. Entre los años 80 y 90, los valores islamistas comenzaron a extenderse por toda la sociedad árabe y “cada vez eran más los jóvenes que decidían dejarse crecer la barba y las mujeres que se tocaban la cabeza con pañuelos y se cubrían el cuerpo con vestimentas recatadas” (Rogan, 2012).
Ese laicidad se dio en varios países de la zona con partidos reformadores que se alzaron con el poder. A día de hoy en algunos de ellos el Estado Laico continúa y respecto a otros nos suena muy lejano, casi inverosímil.
(File: Muslim constitution religion.svg – Wikimedia commons, 2009)
Actualizado en 2014, este mapa refleja los países de mayoría musulmana clasificados por función constitucional de la religión.
Estado islámico Religión de Estado
Sin declaración
Estado laico
El laicismo en el Islam significa realizar una separación entre mezquita y estado mediante una democracia laica. Esto es opuesto al pensamiento islamista y es condenado por los fervientes musulmanes que no sienten que los valores de la religión hayan de ser borrados de la esfera pública. Todos los islamistas coinciden en la creencia de que “las sociedades musulmanas debían gobernarse de acuerdo con la ley de dios” (Rogan, 2012). Promover el laicismo es visto como algo anti-religioso considerando esas ideas occidentalistas y de intervención colonialista (Islam y laicismo, 2010).
Volvemos al colonialismo y occidente. Es el blanco perfecto para concentrar la ira de mentes frustradas. Cualquier civilización, país o grupo puede adoptar una posición victimista respecto a la historia y más aún cuando su existencia perdura a lo largo de miles de años. Para el que coge el timón es fácil dirigir sus naves hacia un enemigo externo que hará olvidar los problemas internos con toda esa “propaganda de guerra, todos los gritos y mentiras y odio” (Orwell, 2006) que vendrán de personas que no estarán peleando ni arriesgando.
«Cada guerra, cuando ocurre o antes de que ocurra, es representada no como una guerra, sino como un acto de defensa propia contra un maniático homicida» (Orwell, 2006).
Hemos visto que se mitifica la historia en los momentos considerados gloriosos. Se utiliza por parte de los “manipuladores”, como en cualquier otra cuestión política, un lenguaje diseñado para hacer de las mentiras algo confiable y del asesinato un medio de defensa legítimo. Al final el mito se convierte en verdad a ojos de sus acólitos.
Volviendo a la historia en el próximo oriente, en el que los conflictos mencionados son meras gotas de un océano (Irak y Kuwait, Siria y el Líbano, Israel y Palestina, etc…), constituye un episodio importante durante la guerra fría, el conflicto en Afganistán, con Estados Unidos y la URSS como “invitados”. La guerra ruso-afgana (1978-1992) se dio tras el establecimiento de un Estado Socialista en Afganistán. Los rebeldes islámicos que estaban en contra de este estado ateo que se había proclamado encontraron apoyo de países como Estados Unidos, Arabia Saudí, Israel o el Reino Unido. Suministraron armas y financiación a los combatientes islámicos muyahidines mientras el Estado Socialista de Afganistán era apoyado por el Ejército Soviético. (Guerra de Afganistán, 1978-1992). Fue la oportunidad perfecta para que dentro de la Guerra Fría que mantenían Estados Unidos y la URSS, los rojos probaran en sus carnes la venganza estadounidense por Vietnam (Wright, 2015).
En 1989 los soviéticos abandonaban Afganistán (las revueltas continuaron hasta 1992), tras ser derrotados por la resistencia islamista apoyada por USA. Aun así la victoria de la resistencia afgana no se tradujo en el objetivo último de los islamistas que era la creación de un Estado Islámico (Rogan, 2012).
Los musulmanes, frustrados nuevamente como consecuencia de la invasión de territorio islámico por legiones extranjeras, ahora de ateos rojos, después de que los rusos se hubieran ido, volvieron al país como todopoderosos talibanes. Las mujeres fueron expulsadas de los lugares de trabajo, la universidad y las escuelas. Debían llevar el burka en público, el gobierno era irrelevante, los altos clérigos dictaban permisos o prohibiciones arbitrariamente. Afganistán había pasado a ser un país ruinoso gobernado como si la humanidad hubiera retrocedido diez siglos. Fue de entre este mundo “encantador” desde donde en agosto de 1996, Bin Laden, emitió su “Declaración de guerra contra los estadounidenses”. (Burleigt, 2008)
Se daba el pistoletazo de salida a un terrorismo religioso global, aunque ya se habían producido ataques con anterioridad. Respecto a la “opinión pública musulmana” no todo a partir de ese momento serán apoyos. Voces dentro del islam han venido denunciado estas acciones terroristas y renegando de las posturas extremas. “El terrorismo es un acto contra Dios. Quien quiera, desee justificarlo, no podrá hacerlo, puesto que la Ley Sagrada y las escuelas religiosas lo aborrecen como pecado que va en contra de la esencia del Islam” (Yahya, 2010).
Bin Laden exhibía muchas de las características de cualquier “niño rico mimado” que buscaba una “misión más importante. Además de tener una enorme fortuna personal, Bin Laden contaba con una red de partidarios incluso más ricos que él” (Burleigt, 2008). Era un millonario saudí que había renunciado a una vida de lujo para compartir las cuevas de Afganistán. (Burleigt, 2008). Tras la salida de los soviéticos se decidió mantener vivo el espíritu de la yihad y así nació Al Qaeda y los nuevos reclutas para la yihad llegaban desde todo tipo de entornos sociales, religiosos y nacionales (Burleigt, 2008). Afganistán había supuesto la formación de una unión islamista que, lanzada contra una superpotencia, había conseguido expulsar al ateo de tierras musulmanas. Una nueva era islámica podría llegar si se concentraban las fuerzas y se resistía hasta que existiera la posibilidad de la creación de un Estado Islámico. Pero el final de la guerra fría les hizo nuevamente consciente de que estaban inmersos en un mundo dirigido por Estados Unidos y Occidente. Seguían siendo estados vulnerables ante amenazas exteriores más si cabe por el interés que suscita la zona por su petróleo. Con estas circunstancias sobre la mesa el desmoronamiento definitivo de la URSS supuso que los países de la zona con su línea política, como las repúblicas izqueirdistas de Siria, Irak, Líbano y Argelia quedaran más indefensas.
La pujante fuerza del islamismo radical era vista por estados que habían abandonado esa senda, como Egipto, como “una enfermedad que no debía ser adquirida” (Rogan, 2012). Egipto que había protagonizado hasta 5 guerras con Israel, en 1979 firmaba la paz con uno de los mayores enemigos del islamismo. “El más poderoso de los estados árabes envainaba la espada” (Rogan 2012). Esto fue un golpe muy duro “sin Egipto, los árabes jamás lograrían dominar militarmente a Israel” (Rogan 2012). Firmar esta paz supuso, al contrario de lo que se esperaba, exponerse a la pujante fuerza del islamismo político y tuvieron que enfrentarse a la insurgencia religiosa en las décadas de 1980 y 1990 (Carrión, 2013).
Continuando con las decepciones que estigmatizan al islamista radical, llegamos a la guerra de Kuwait. Arabia Saudí pidió ayuda a Estados Unidos cuando voces como la de Bin Laden no lo creían conveniente, proponía en su lugar movilizar un ejército de muyahidines que ya había funcionado en Afganistán con los rusos. En aquella época Bin Laden era ya una persona influyente y ser desoído para meter nuevamente en tierras musulmanas a los americanos supuso “la conmoción más grande que había experimentado en toda su vida” (Rogan, 2012). Se mostraba así un tanto contradictorio, ya que en Afganistán, él fue ayudado por estas potencias. Si es verdad que en aquel caso el apoyo fue encubierto, y ahora, habría un despliegue, en toda regla, de infieles en lugares considerados sagrados.
Bin Laden declararía la yihad a los Estados Unidos con el fin de expulsarles del “mundo musulmán, desestabilizar a los regímenes pro occidentales de la orbita árabe, y derribar dichos regímenes para sustituirlos por otros tantos estados islámicos” (Rogan 2012). Bin Laden también tenía una respuesta para Arabia Saudí: “quedaba expulsada de la comunidad religiosa debido a la comisión de actos contrarios al islam” (Rogan, 2012). Los radicales consideraban que sus gobiernos se estaban sometiendo nuevamente a las potencias extranjeras mientras el mundo árabe se fragmentaba más que nunca. Y se aliaban con los países “infieles” que mantienen y protegen en la zona a Israel e impiden la liberación de Palestina. Es fácil imaginar los sentimientos despertados entre los islamistas. El dominio imperialista volvía a hacer acto de presencia.
Entre agosto de 1988 y finales de 1989, se creó al Qaeda (la Base), con militantes musulmanes que Bin Laden había conocido en Afganistán, tales como su lugarteniente Aymán al-Zawahirí. (Osama bin laden, 2011). Diez años más tarde, en 1998, Osama Bin Laden, lider de la red terrorista Al Qaeda, sería incluido en la lista de los diez criminales más buscados tras comprobar su participación en los atentados de ese mismo año en las embajadas de Estados Unidos en Kenya y Tanzania (Rogan 2012).
Comenzó, tras ello, en la primera década del 2000, la lucha contra el terrorismo allí donde occidente consideraba que nacía. El atentado del 11S de 2001 motivó la invasión de Afganistán donde al parecer podría ocultarse Bin Laden. Tras esta empresa sólo se consiguió dejar un país con un gobierno aún más frágil y expuesto de nuevo a los talibanes. Respecto a los aliados en la zona como Arabia Saudí, resulto que la mayoría de los suicidas tenían dicha nacionalidad. Esto hizo que los estadounidenses miraran con lupa a sus socios y se pidió contundencia contra el terrorismo. Así, a Egipto no se le considero suficientemente contundente, Siria como favorable al terrorismo e Irán e Irak parte del “eje del mal” (Rogan, 2012). Salieron a la luz las famosas “armas de destrucción masiva” de Irak y se hablaba de contactos con la organización Al Qaeda. Un sinsentido este último porque como se ha dicho anteriormente, Saddam Hussein lideraba justo lo que Osama Bin Laden trataba de derribar, un gobierno nacionalista-laico.
Tomado el poder en Bagdad, los Estados Unidos se hicieron con el control del país y entre sus primeras medidas disolvieron el ejército y los servicios de inteligencia, “provocando la desbandada de sus quinientos mil integrantes” (Rogan 2012). La consecuencia de esto fue un levantamiento armado y la transformación de Irak en “terreno abonado para el reclutamientos de activistas” (Rogan 2012) contra Usa y Occidente. La ocupación y posterior abandono del país, más frágil si cabe, volvió a tener consecuencias como en el caso de Afganistán. Al calor de la ocupación y la fragmentación de Irak nacería el ISIS. El desmantelamiento de las fuerzas armadas iraquíes por parte de EEUU contribuyó a su fortalecimiento y posteriormente la guerra siria sería clave para su crecimiento (de Ugarte, 2015).
España, el 11 de marzo de 2004, también recibió el odio más sangriento de Osama Bin Laden. La explosión de cuatro trenes de cercanías en Madrid provocó la muerte de 192 personas y miles de heridos. La yihad inspirada en Al Qaeda llegaba a Europa. Este atentado, al igual que la práctica totalidad de los ataques yihadistas que se producen en el mundo y perpetran las células locales de numerosos grupos islamistas, no es dirigido directamente por lugarteniente de Al Qaeda sino inspirado. (Irujo and País, 2011).
Entre los años 2000 y 2010, se da “la peor década de la época moderna en el mundo árabe” (Rogan 2012) y llegados a este punto, en el norte de África, Oriente Próximo y la Península Arábiga tendría lugar lo que se conoció como la “Primavera Árabe”. Estas revoluciones luchaban por derechos humanos y políticos, por más dignidad para sus gentes. El 17 de diciembre de 2010 un vendedor de fruta del sur de Túnez se suicidó a lo bonzo para protestar por su miserable situación y, sin saberlo, tiró la primera piedra del muro tunecino levantado por Ben Ali durante 24 años. “Las calles árabes bullían de energía al grito de «el pueblo quiere que caiga el régimen», grito de guerra que mostraba el hartazgo de millones de personas con unos sistemas anclados en satrapías de los años setenta” (Ayestaran, 2016).
Las revoluciones de Túnez y luego Egipto “estaban llamadas a afectar al conjunto del mundo árabe” (Rogan 2012). La llama prendió y se dieron circunstancias parecidas en Libia, Yemen, Baréin y Siria. Pero esta vez, el pueblo, no quería ayuda extranjera, ni liberadores internacionales. Las pancartas de los manifestantes rezaban “El pueblo libio puede arreglárselas solo”.
El pueblo se levanta para exigir más libertades individuales y un control más eficaz sobre el aparato del Estado. Reivindicaciones de «dignidad humana«. Algunos sectores de la sociedad reclamaban reorganizar los estados de modo más pluralista y liberal. Algunas reivindicaciones parecían recordar el recorrido histórico europeo (Scola, 2015). Pero un año después del surgimiento de la protesta en el laboratorio de la “Primavera Árabe”, los islamistas autodenominados moderados ganaban las elecciones celebradas en Túnez. También lo harían en Egipto y Marruecos. La sorpresa fue mayúscula en Europa “¿No era esta una revolución liberal y urbana, canalizada por las nuevas tecnologías, en demanda de derechos humanos y lucha contra la corrupción? ¿Dónde estaban los barbudos en las protestas de Túnez, o en los primeros meses heroicos de la Plaza Tahrir de El Cairo?” (DE ANDRES, 2011).
En otros países las protestas y levantamientos se convertirían en conflictos armados, como en el caso de Siria. El país se encuentra inmerso en una guerra civil cruel y duradera en la que ha entrado con fuerza otro protagonista, a parte del gobierno y los rebeldes, Daesh (ISIS). Es un país roto por la guerra en el que su presidente Bashar al Assad resiste (Ayestaran, 2016) y en el que existen más de dos bandos y muchos intereses. A parte de los terroristas, a un lado tenemos a insurgentes sirios, Arabia Saudí, Turquía y EEUU. Al otro Rusia, Basar Al Asad (Siria), Irán, voluntarios iraníes y el grupo libanés Hezbolá (WebHistorias, 2016). A parte estaría la cuestión Kurda. Los apoyos de superpotencias a cada bando nos evoca la Guerra Fría. Ya no nos encontramos ante un pueblo rebelde contra su gobierno.
La situación creada en Siria fue aprovechada por el grupo terrorista ISIS para ocupar parte del territorio y establecer en ar-Raqqa su capital. Desde esta organización se insta a los musulmanes a “atacar a los países cruzados agresores, tomando como objetivo sus intereses vitales en cualquier lugar y momento” dentro de lo que ahora se conoce como “La Primavera Islámica”. Para los islamistas, “lo peor que les puede ocurrir a los países cruzados es que sean atacados en su propio jardín, en sus capitales y ciudades más importantes, en los centros de soberanía política y económica, y en particular golpeando a sus empresas internacionales esparcidas por todo el mundo” (AICS. Private intelligence company).
Por lo tanto la “Primavera Árabe” no eliminó ni debilitó a Al Qaeda y el fundamentalismo, como algunos pensaban. Se creía que los países donde florecieron las protestas se iban a sacudir de encima el radicalismo religioso. No pudo ser más al contrario. Resultó que los islamistas podían ganar de calle “cualquier elección libre y justa que pudiera celebrarse en el mundo árabe actual”. De hecho se propició la aparición del temido autoproclamado Estado Islámico (Daesh) que reitera la llama que hacía Al Qaeda, años atrás, a la “yihad globalizada y agresividad máxima frente al enemigo para “aterrorizar” a ese Occidente caracterizado por sus crímenes y prepotencia” (Elorza and País, 2013).
A día de hoy nos encontramos con varios grupos terroristas religiosos que operan a nivel mundial que pretenden “construir ya en este mundo una sociedad regulada por leyes divinas” (Ovejero, 2008) y que proclaman la yihad indiscriminada contra todo lo que represente Occidente. Basan su odio en el sufrimiento de su pueblo a lo largo de la historia, en las tierras arrebatadas y en considerar “infieles” a todos los que no profesen su religión.
3. OBJETIVO ESPAÑA
Para muchos, España como objetivo aparece en la mente de los yihadistas el día que por parte del gobierno se envía mil trescientos soldados a Irak sin embargo la España islámica medieval ocupa un lugar destacado en la imaginación de los salafistas desde mucho antes (Burleigt, 2008). La yihad para recuperar los territorios perdidos, está justificada para los islamistas ya que consideran que los musulmanes ibéricos tuvieron que abandonar su tierra natal para buscar cobijo en el norte de África. Esto ocurrió después de ocho siglos de dominación musulmana (711-1492) con la conquista de Granada. Los musulmanes nunca olvidarían su patria ni perdonarían a España por aquel destierro (Rogan, 2012). La irrealizable recuperación de Al-Ándalus nos ha hecho participes del fenómeno global del terrorismo islámico. De hecho, Al Qaeda fundó en España, en 1994, una de sus más importantes células en Europa Occidental.
El 12 de abril de 1985 se produjo un atentado en el restaurante «El Descanso«, situado en el kilómetro 14 de la N-II, en las cercanías de Madrid. Era el primer acto terrorista de la yihad en España. Aquella noche el camarero del restaurante “El Descanso”, al que acudían militares americanos de la base aérea de Torrejón de Ardoz, atendió a un enigmático hombre: “Unos 27 años, un metro setenta de estatura, complexión normal, pelo castaño tirando a rubio, pequeño bigote, peinado para atrás y pelo más bien corto; vistiendo cazadora militar de color verde”; otros testigos, que coinciden en algunos detalles de la descripción, manifiestan que se encontraba muy nervioso. La bomba que estalló tenía entre 5 y 15 kilos de explosivos, entre sus componentes había cloratita y se dejó oculta en una bolsa de deportes debajo de la barra, junto a la puerta de los lavabos. Pero ¿Quién era este hombre? Muchos años después, en 2005, uno de los testigos al ver la fotografía de Mustafá Setmarian, en los periódicos, tras ser señalado por el FBI como miembro de la cúpula de Al Qaeda Central, creyó haber reconocido al enigmático hombre. El 14 de abril de 1985, tres días después del atentado, la “Yihad Islámica”, grupo radical chií proiraní, reivindicó el atentado. Dos semanas más tarde lanzó un nuevo comunicado:
“El islam está preparado. España e Italia son los primeros objetivos. El atentado de Madrid ha sido el inicio de la guerra santa islámica. Muerte a Estados Unidos. Los apóstoles de la muerte están preparados para reemprender la guerra santa” (Irujo, 2015).
Tras el reconocimiento de Setmarian por parte de la víctima, la Comisaría General de Información, concluyó en un informe remitido al juez que “hasta el día de la fecha no se ha podido llegar a establecer algún tipo de vinculación directa o indirecta entre Mustafá Setmarian y el atentado del restaurante El Descanso” (Irujo, 2015). El sumario está temporalmente archivado por falta de autores en el Juzgado Central de Instrucción nº2 de la Audiencia Nacional. Los afectados se muestran escépticos sobre las investigaciones que se han podido llevar a cabo y hablan de olvido. Afectados de la Asociación de Víctimas del Terrorismo manifestaban, 10 años después del atentado: «Existen intereses que impiden la investigación de un atentado en el que 10 años después no se sabe qué pasó en realidad» (Carcar, 1995). Pero la policía insiste que no hay pruebas sobre quién atentó contra El Descanso. (Aizpeolea, 2010).
España sufre la barbarie terrorista desde muchos años pero por aquel entonces poca gente creía en la amenaza del terrorismo islamista. En aquella época era una criatura desconocida. Tipos como Mustafá Setmarian, Imad Eddin Barakat, Amer El Azizi y Alekema Lamari llegaron a España sin que casi nadie apreciara el peligro. El monstruo fue cogiendo forma sin que políticos, judicatura o la propia policía llegaran a percatarse. Los mencionados, entre otros muchos, contribuyeron a la formación de ese monstruo que a día de hoy es capaz de la destrucción más absoluta. El sirio Mustafá Setmarian, fue uno de los impulsores del salafismo en España y llegó a ser alto dirigente del Al-Qaeda central. El marroquí Azizi, murió víctima de un drone en Pakistán y era escudero del jefe de operaciones exteriores de Al Qaeda; el argelino Lamari se suicidó en el piso de Leganés tras los atentados del 11M; y el sirio Barakat ha cumplido 12 años de cárcel por colaboración con Al Qaeda. (Irujo, 2014)
Tampoco quiere decir que fueran desconocidos o que la policía no estuviera haciendo su trabajo. En 1995, fue detenido en Barcelona el primer yihadista y en 1997 se desarticuló en Valencia la primera célula yihadista. En 2001 se desarticuló la célula de Al Qaeda de Europa Occidental y sólo a lo largo de 2003, el año anterior al del 11-M, se detuvo a más de 40 personas por su implicación en actividades de terrorismo yihadista (Reinares, 2015c). Pero como se comprobó posteriormente no era suficiente. Antes del 11M, eran menos de 150 agentes, entre Policía, Guardia Civil y CNI, los encargados de vigilar las mezquitas, carnicerías y locutorios en los que el Setmarian hacia proselitismo, captaba muyahidines y recaudaba fondos para la yihad. El trabajo no era fácil, eran pocos y estaba claro que había cosas que se escapaban. Por ejemplo la cita que en el año 2001, el egipcio Mohamed Atta, tuvo con el yemení Ramzi Binalshibh y en la que le comunicó los ataques que se producirían en Estados Unidos, sobre las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. La actividad antiterrorista se centraba en ETA y muy pocos vieron lo que se venía encima. España era considerada, únicamente, la retaguardia del terrorismo islamista a pesar de que, en mayo de 2003, un terrorista se suicidó en la Casa de España de Casablanca y ese mismo año Bin Laden andaba citando en sus vídeos a España (Irujo, 2014).
El desmantelamiento en España de la mencionada célula yihadista en 2001 parece ser el motivo de la ideación de los atentados del 11-M en Madrid. El ánimo de venganza fue esencial en la decisión inicial de atentar (Reinares, 2014) y desde el extranjero Bin Laden señalaba a España como objetivo en vídeos emitidos por la televisión Al Yazira en el año 2003 (Irujo and País, 2011). El 11 de marzo de 2004, fueron cuatro los trenes elegidos para colocar bombas. Era plena hora punta y según la inteligencia americana en su informe “The case for Al-Qai’da links to the 2004 Madrid bombings” el análisis del atentado evidencia una “planificación sofisticada y énfasis en victimización masiva” ambas características propias de un atentado de Al Qaeda” (Reinares, 2014a).
El atentado dio un vuelco en el pronóstico de las elecciones que era apenas unos días más tarde. Una mala gestión y comunicación del gobierno durante aquellos días decidió el resultado de las elecciones en España y se sacó a las tropas de Irak. Hasta ese punto el atentado yihadista influyó en el país. Además la sociedad se dividió con teorías de conspiración y señalándose unos a otros como culpables. Mientras tanto la policía avanzaba rápidamente en la investigación. La mochila de Vallecas, el locutorio de Lavapiés, el piso de Leganés.
Algunos de los terroristas resultaron ser traficantes de drogas. Tipos duros. Fieles a los que se había convencido para hacer la yihad mientras seguían con su vida de noche, sus drogas y sus mujeres. Era una cuestión de “takfir”, el arte de engañar a los infieles. Se te permite beber, fumar y dedicarte a conseguir mujeres, siempre y cuando lleves odio en el corazón. (Burleigt, 2008). Rápidamente se detuvo a los principales participes en el atentado hasta llegar al piso de Leganés, cuando varios de ellos fueron cercados por la policía. Su suicidio colectivo provocó la muerte de un policía y evitó el baño de sangre que ellos mismos anunciaron en un vídeo: procesiones en Semana Santa, colegios judíos, centros comerciales. Todo este entramado, fue retratado despectivamente en España como “moritos de Lavapiés” (Reinares, 2014).
Estas voces, por todos conocidas, ven en todo lo relacionado con el 11M una “fabricación de pruebas falsas” (11M Golpe de Estado [Diego Camacho], 2014). Estas voces, en ocasiones, lejos de locutores “conspiranoicos”, llegan a pertenecer a personas reconocidas como el Coronel de Infantería y ex agente del CESID, Diego Camacho. Merece la pena mencionar estos pensamientos aunque cuando se “rasca” un poco se ve que estas mismas personas ven conspiraciones en el 11S, 23F, 11M, asesinato de Carrero Blanco……No es de extrañar, a día de hoy es fácil encontrar quien cuestione la llegada a la luna.
Haciendo hincapié en estas teorías sobre manipulaciones que llevan a cabo policías, fiscales, jueces, peritos…perfectamente coordinados y bajo las órdenes o directrices de poderosos individuos que “manejan” el mundo a espaldas de lo que la sociedad cree, el científico David Robert Grimes ha publicado un estudio (Grimes, 2016) en el que gracias a una fórmula matemática, calcula cuanto tiempo podría aguantar un secreto sobre una de estas “operaciones ultra secretas” sin ser revelada o descubierta. No quiere decir que cualquier sospecha sobre ciertas operaciones sea falsa. Snowden confirmó con sus filtraciones, algunas de las teorías sobre las actividades de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos y esto no hace más que confirmar la validez del estudio (de J, 2016) . Es difícil (imposible) mantener callada a tal cantidad de gente con intereses y pensamientos distintos. Y es que las teorías “conspiranoicas” se propagan rápidamente y de manera consistente entre la sociedad. Pero según Grimes (2016) el requisito fundamental de la conspiración es, “el secreto” y para mantener este secreto hay que tener en cuenta sobre todo el número de conspiradores y la cantidad de tiempo. Si la teoría de que los alunizajes fuera un engaño habría que contar con el silencio al menos de 411.000 personas y si el cambio climático es un fraude serían 405.000 personas las que deberían permaneces con la boca cerrada. Por lo tanto, según Grimes, cualquiera de estas grandes conspiraciones habría sido descubierta en pocos años. ¿El silencio de cuantas personas sería necesario para callar una manipulación del 11M? Y es que, si se sigue insistiendo en estas ideas, es porque:
“la creencia en la conspiración es a menudo ideológica más que racional, y que las teorías de la conspiración prosperan en una caja de resonancia (…) Si queremos hacer frente a las dificultades multitudinarias a las que nos enfrentamos como especie, desde el cambio climático hasta la geopolítica, tenemos que aceptar la realidad sobre ficciones ideológicamente motivadas” (Grimes, 2016)
La creencia en ese Matrix que todo controla parece que puede penetrar fácilmente en mentes débiles, poco informadas y proclives a las fantasías, pero es que en ocasiones podemos dar con gente como el mencionado anteriormente, Diego Camacho, coronel de Infantería, Diplomado en Operaciones Especiales, licenciado en Ciencias Políticas por la UCM y master en Relaciones Internacionales. Además de en España ha desarrollado su actividad profesional en Guinea Ecuatorial, Costa Rica, Marruecos y Francia (Despertares, 2010) y que además se presenta como instructor del GEO y “agente secreto” por más de 16 años (11M Golpe de Estado [Diego Camacho], 2014). Personas así, con altavoces con capacidad de llegar a mucha gente que crea sus “historias” y sus “investigaciones”, hacen verdadero daño. No a esa máquina que creen totalmente lubricada de individuos supremos, poderosos y manipuladores que ordenan a sus lacayos “como se deben hacer las cosas” y que estos obedecerán sin rechistar. Si no a instituciones compuestas por hombres y mujeres honrados que en ocasiones se equivocarán pero que sólo pretenden el bien común. Es difícil para quienes han vivido de primera mano algunos de los “episodios” que relata, y en los que asegura esas intenciones manipuladoras, poder escucharle o leerle sin que las tripas se inunden de rabia. Estas personas parecen vivir en una ficción, y no es cuestión de negar que puede haber intereses y “caras ocultas” en determinadas ocasiones pero hay un gran trecho hasta llegar a lo que ellos proclaman.
“Matrix nos rodea. Está por todas partes. Incluso ahora, en esta misma habitación. Puedes verla si miras por la ventana o al encender la televisión. Puedes sentirla cuando vas a trabajar, cuando vas a la iglesia, cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad” (Wachowski, 1999).
En sus comunicaciones y vídeos amenazadores, Al Qaeda justifica la selección de objetivos españoles y explica por qué España es su enemigo: “por la participación en la guerras de Irak y Afganistán, y por gobernar Al Ándalus, tierra de musulmanes, contra los que se utilizó la Inquisición”. En total son 4 las principales causas que a sus ojos justifican los ataques (Ferrer Blas, 2014):
1. Las ciudades de Ceuta y Melilla. Recuperarlas para los musulmanes.
2. La recuperación de Al Ándalus. Forman parte del Califato Universal.
3. La participación de España en operaciones militares internacionales
4. Las detenciones de islamistas que operan en España y Europa
Respecto a las detenciones, España es el segundo país que más detiene yihadistas después de Francia. El Ministerio del Interior estima en 139 el número de yihadistas que se han desplazado desde España a zonas de conflicto para unirse a ISIS. Al menos 26 han regresado a España, en su mayoría mujeres y niños. Varios permanecen en prisión. (Irujo, 2016). Pero las cifras pueden ser mayores. Un reclutador detenido que había ayudado a viajar a varios terroristas hasta Siria e Irak, manifestó ante el Juez que había enviado a más de doscientos combatientes desde España (Irujo, 2015b).
A día de hoy la situación ha cambiado respecto a la que existía antes del 11M. La amenaza es la misma pero se ha dado un paso de gigante, se ha pasado de la inacción a las redadas preventivas. Las mezquitas oficiales y clandestinas, las carnicerías, las reuniones, están vigiladas por agentes, confidentes y colaboradores que informan de los movimientos de los sospechosos. Los 150 hombres y mujeres que se esforzaban hace más de una década en descubrir células durmientes se han multiplicado y superan los 3.000 agentes (Irujo, 2014). Que no se hayan materializado la cantidad de amenazas vertidas hacia nosotros puede significar que no tengan la capacidad operativa para realizarlas. La coordinación de Policía y Guardia Civil y la ayuda de Jueces y Fiscales que han comprendido que las medidas preventivas son necesarias están permitiendo impedir que consigan esa capacidad y desbaratar los preparativos desde muy temprano.
- AL QAEDA Y DAESH
El radicalismo islámico no empezó el 11 de septiembre de 2001 (de Aristegui, 2005). Siempre, ya sea en ideologías, creencias o religiones, aparecen movimientos renovadores que consideran que se está produciendo una desviación y decadencia del “mandato original” y que por lo tanto se debe purificar la fe. El moderno “salafismo” que pretende “volver a las esencias del verdadera islam” (de Aristegui, 2005) tiene antecedentes que historiadores remontan a siglos pasados e incluso algunos como Gustavo de Aristegui (2005) los sitúa en los almorávides y los almohades que vivieron en la época de Al-Ándalus.
“En el caso de los musulmanes más radicales la reconquista de todos los territorios que alguna vez estuvieron bajo el dominio del islam constituye uno de los ejes ideológicos centrales” (de Aristegui, 2005)
Hoy en día Europa está amenazada por las dos organizaciones terroristas de importancia mundial más extremistas Al-Qaeda y Daesh o Isis. Desde las cúpulas de estas organizaciones se amenaza a Europa utilizando todos los medios a su alcance. Esto se traduce, ya en territorio europeo en una amenaza silenciosa y latente por parte de los posibles yihadistas que pretendan seguir las instrucciones de estos grupos. Los musulmanes vinculados a estos grupos son favorables al combate armado con el fin de liberar los países musulmanes de toda ocupación extranjera. También se oponen a los regímenes de los países musulmanes que consideran infieles. Se consideran el ejército comunitario que defiende los intereses islámicos.
Ambos grupos, Al-Qaeda e Isis, se basan en el fundamentalismo islámico o salafismo, el cual busca la vuelta a los principios básicos de su religión. Es una vuelta a las fuentes, a los fundamentos originales. A su juicio otra interpretación es desvirtuar la naturaleza del Islam y es lo que ha llevado a la decadencia del mundo musulmán después de épocas gloriosas. La sociedad islámica (según los radicales) recibe un castigo divino por no cumplir con las normas. Alá les ha abandonado y no confía en los musulmanes llevándoles a perder el esplendor pasado. Por parte de los no musulmanes se les ha menospreciado, olvidado, humillado, abusado, explotado y matado a lo largo de los siglos. Para retomar aquella senda de gloria, según su interpretación, se debe volver a ese comportamiento basado en la fe que nunca de debió abandonar (Hernández, 2015).La interpretación salafista sirve como ariete de penetración doctrinal entre las comunidades musulmanas del mundo, el paso siguiente, el yihadismo se ha transformado en una pesadilla sin control que está liderada por manipuladores que están más preocupados en el tráfico de heroína, el petróleo y el poder. Al final sus principales víctimas son las poblaciones musulmanas (Moreras, 2015).
La ideología salafista o salafismo, por lo tanto, es un movimiento sunnita que promueve el regreso al origen del islam, el cual se basa en el Corán y en la Sunna. Pero no se debe condenar el salafismo directamente aunque sea la fuente de la que beben muchos terroristas. Como en otras religiones, existen posiciones de máxima ortodoxia. El “salafismo de predicación” es desarrollado por los imanes próximos a Arabia Saudí. En principio rechazan la violencia aunque defienden la vuelta al islam original y ancestral. El salafismo yihadista es el que niega rotundamente limitarse a la predicación y promueve y lleva a cabo el combate armado (Yihadistas.net, 2014b).
Desde este salafismo yihadista se llama a la resistencia islámica global, donde hay que diferenciar dos tipos de yihad (Reinares, 2015a):
Yihad de frentes abiertos: es “fundamental para hacerse con un territorio y establecer la ley islámica” y es llevada a cabo en zonas de conflicto como Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Yemen, Libia o Nigeria.
Yihad terrorista individual: es complementaria a la anterior y se realiza fuera de esos frentes abiertos. Es “fundamental para agotar al enemigo y hacer que colapse y se retire”.
Las organizaciones terroristas Daesh y Al Qaida, son suníes y comparten una interpretación radical del Corán y de la Sharía. Sin embargo difieren “en estrategias y objetivos políticos finales” (de Andrés, 2016). A continuación, se trata a cada una de ellas por separado.
AL QAEDA
En 1998, tres años antes de que tuviesen lugar los atentados del 11 de septiembre, se constituyó formalmente la red de terrorismo internacional Al Qaeda (literalmente, «La Base»). “Acordaron denominar a esa alianza Frente Islámico Mundial para la yihad contra Judíos y Cruzados. Su mentor era Osa ma Bin Laden, un varón de origen saudí y con educación universitaria, hijo de un magnate de la construcción, quien apenas superaba entonces los cuarenta años” (Reinares, 2003a). Los voluntarios que ingresaban en sus filas recibían un sueldo de entre mil y mil quinientos dólares dependiendo de su estado civil, billetes de avión de ida y vuelta para ir de visita a su casa, atención médica y un mes de vacaciones. (Burleigt, 2008). Sus fundadores habían acumulado experiencia durante casi un decenio en el reclutamiento y adoctrinamiento de estos voluntarios, jóvenes musulmanes llegados de todo el mundo árabe y aun de comunidades asentadas fuera del mismo, para combatir la invasión soviética de Afganistán. (Reinares, 2003a). Los egipcios componían más del 60 por ciento y muchos de ellos habían sido encarcelados por razones políticas antes de enrolarse como voluntarios en la yihad de Afganistán. Eran la nacionalidad predominante entre hombres de Kuwait, Arabia Saudí, los EAU y Yemen. “Estos últimos formaban el grupo de guardaespaldas personales de Bin Laden” (Burleigt, 2008). Los que pasaban por el campo de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán eran sometidos a duros ejercicios y se les instruía en la fabricación de bombas. Se les insuflaba también odio hacia Israel y Estados Unidos (Burleigt, 2008). Se presentan a sí mismos como única oposición factible a la política norteamericana en el Medio Oriente. Enfrentarse, mediante la violencia terrorista, contra las primeras potencias mundiales les sirve para aglutinar adeptos y movilizar a las masas árabes y musulmanas (Brieger, 2007).
En 2002, Al Qaeda inició su proceso de descentralización, incluyendo tanto al núcleo central de la misma en Pakistán como a las cinco ramas territoriales fuera de ese país, Península Arábiga, el Magreb, el Este de África, Siria y el subcontinente indio. (Reinares 2015). Para ciertos expertos Al Qaeda es un “ente terrorista estratificado jerárquicamente, con una cadena de mando definida y estable” (AICS. Private intelligence company) con una estrategia dirigida a provocar la guerra total entre suníes y chiíes. Para ello inflige caos y dolor por todo Oriente Próximo. Para otros no es posible llegar a una definición clara respecto de Al Qaeda porque no hay acuerdo sobre si existe un liderazgo respetado o si es una red de redes que actúa de manera independiente (Brieger, 2007).
ESTADO ISLÁMICO
El Estado Islámico es la cuarta denominación consecutiva de una organización que inicialmente fue Al Qaeda en la Tierra de los Dos Ríos (AQTDR), fundada en 2004 (Reinares 2015). Esta organización nació próxima a Al Qaeda para hacer frente a la invasión de Irak y comenzó siendo dirigida por Abu Musab Al Zarqaui hasta su muerte en 2006 cuando pasó a manos de un nuevo líder, Rashid al-Baghdadi. Este abandonó la tutela de Osama Bin Laden y rompió con Al Qaeda en 2014 cuando se autoproclamó califa y soberano de Irak y Siria (Estado Islámico, 2006). Bajo este mando la organización, también conocida como Daesh, aprovechó el caos reinante en la zona, sobre todo por la guerra civil de Siria, para ganar terreno (Ayestaran, 2016) siendo su intención última que su califato se extienda por todo el mundo musulmán (Estado Islámico, 2006).
En resumen, Daesh o ISIS nació al fragmentarse Irak tras su ocupación por los americanos. En ese país se fortaleció al absorber las fuerzas armadas desmanteladas por Estados Unidos, creció al calor de la guerra civil Siria y su financiación proviene de países como Turquía y Arabia Saudí, aliados de Occidente. Turquía en concreto ha querido utilizarles para sumar un enemigo más a sus propios enemigos en la zona, chiíes y kurdos. Ha permitido la entrada de camiones en sus fronteras cargados con el petróleo de los campos bajo control de ISIS y así ha permitido a estos enriquecerse en el mercado negro (de Ugarte, 2015).
El Estado Islámico ha derivado en una organización que aglutina bajo su bandera, su ideario y su poder económico, grupos terroristas con independencia y autonomía. AlBaghdadi no estaría ejerciendo un control directo sobre ellos, no se imparten órdenes de actuación. Para animar a estos grupos a actuar, ya que no existen esas órdenes directas, se publican directrices de actuación basadas siempre en el componente religioso. Por lo tanto el Estado Islámico, como organización terrorista, no dirigió, coordinó u ordenó el ataque contra la sede de la revista Charlie Hebdo y posteriormente contra un supermercado judío o el ataque sobre las terrazas de París. Son las comunicaciones que se realizan desde la Gran Mezquita de ar-Raqqa (capital del ISIS) y que se difunden a través de todos los medios posibles, las que prenden la llama y llevan a actuar a quienes están ligados directamente al grupo terrorista o a aquellos dispuestos a hacerlo bajo la aceptación de las ideas programáticas del grupo (AICS. Private intelligence company).
DIFERENCIAS
Al Qaeda y el Estado Islámico son entidades que pugnan actualmente por la hegemonía del yihadismo global compartiendo ambas la misma ideología, el salafismo yihadista. Actualmente puede considerárselas rivales, pero esta rivalidad puede convertirse en cooperación si se produjera una reconciliación que muchos yihadistas, en países occidentales, ven factible, y de hecho, al cometer acciones, indistintamente las reivindican en nombre de una u otra organización, como si ambas amenazas terroristas fuese una.
Sin ir más lejos, en uno de los atentados sufridos en París en los últimos meses uno de los terroristas afirmó pertenecer o simpatizar con Al Qaeda. Otro, con el que pareció coordinarse, dijo que lo hacía en nombre de DAESH (MENESES, 2015). Esto nos hace ver que al terrorista “occidentalizado” que es captado por el entramado radical no parece importarle las disputas que puedan existir entre ambas “organizaciones” tal y como llega a nuestros oídos en las noticias. Una vez tomada la senda radical son luchadores, liberadores de su pueblo que obedecen al llamamiento no terrenal. Eso les justifica y a la vez les evade de otros planteamientos.
En términos generales, estos dos movimientos, por su vocación global, son los más peligrosos en estos momentos. Ambos grupos aspiran a conquistar por las armas, para sus proyectos de “califato”, tanto los territorios de mayoría musulmana (Dar al Islam) como los de mayoría “infiel” (Dar al Harb). Aspiran al “califato mundial” pero aparecen diferencias en la táctica y la estrategia a seguir. Por un lado, Al Qaeda ha impulsado pequeñas franquicias de su organización a lo largo y ancho del planeta para extender su mensaje. Por otro, Daesh ha llevado a cabo una concentración mayor de fuerzas para la conquista militar del territorios en Irak y Siria y ha puesto en marcha un “sucedáneo de Estado” (de Andrés, 2016). Luego, algunos expertos consideran que Al Qaeda Central pretende controlar esas franquicias (otros como hemos visto dudan de tal nivel de organización) y el ISIS, al contrario, dejaría actuar a sus células con libre albedrío (Irujo and País, 2015). Realmente estas células estarían concebidas, dentro de su difusa estructura, más bien como grupos asociados con poca dependencia de arRaqqa. Este poco control facilita la creación de grupúsculos terroristas pero también permite que igualmente se diluyan con facilidad. El Estado Islámico necesita de victorias en el campo de batalla para que la propaganda que difunde sea efectiva y sigan creciendo esos grupúsculos internacionalmente (AICS. Private intelligence company).
5. LA PROPAGANDA
Con la nueva era de la informática organizaciones como Al Qaeda han pasado de difundir sus mensajes en vídeos recopilados en CD, pasado de mano a mano, a colgar vídeos en plataformas de internet. Resulta infinitamente más seguro, menos costoso y abarca a más posibles “victimas”. La propaganda es fundamental para estas organizaciones y han pasado de editar vídeos caseros a simular producciones filmográficas. La difusión de estos vídeos resulta imprescindible para sus dirigentes. Por un lado generan el terror y por otro fascinación. El terrorismo en sí mismo es propaganda, es la manera de trasmitir que las amenazas son creíbles. Son al fin y al cabo un método de comunicación.
“El terrorismo es una táctica políticamente motivada que implica la amenaza o al uso de la fuerza o la violencia en la que la búsqueda de la publicidad juega un papel importante” (Sánchez and Díaz, 2016).
La Yihad es el mejor ejemplo de cómo la globalización del sistema de comunicaciones ha permitido la formación de redes terroristas deslocalizadas (González-Calleja, 2009) dirigidas, o al menos alimentadas ideológicamente, desde los núcleos centrales que se preocupan de difundir su propaganda.
El terrorismo es un acto de comunicación y propaganda “es ante todo una violencia de tipo simbólico” (Waldmann, 2004) que pretende demostrar que se puede derribar a un poder muy superior siendo aparentemente más débil, dentro de un conflicto asimétrico. En la primera ola del terrorismo internacional, el terrorismo anarquista ya proclamaba su famosa “propaganda por el hecho” es por ello por lo que el terrorismo está vinculado de alguna forma al nacimiento de la prensa y la divulgación rápida y masiva de noticias.
La propaganda dentro de las organizaciones terroristas es de suma importancia. Difunde su mensaje y les hace visibles. En el caso del ya muerto Bin Laden, algunos de sus seguidores consideraban que sufría una “enfermedad de pantallas, flashes y aplausos”. Este terroristas describía Internet como “la corriente eléctrica que conecta la umma global” (Burleigt, 2008). La comunicación por lo tanto es primordial. Antes de que internet brindara todas las alternativas que tenemos hoy a nuestro alcance, los manuales de entrenamiento se codificaban en papel o se incluían en CD-ROM como los encontrados en casas de terroristas detenidos. A día de hoy es mucho más fácil autoentrenarse utilizando vídeos colgados en la web y los atentados son difundidos directamente por las cadenas de televisión. Y esto surte su efecto. La conversión al islam radical aumenta cada vez que se produce un ataque (Burleigt, 2008).
La propaganda es difundida diariamente e inunda internet y las mentes de aquellos que luchan por la yihad global. Su utilidad también ha sido entendida por ISIS, que cuenta además con una publicación mensual en forma de revista conocida como Dabiq. En ella difunde su programática. (AICS. Private intelligence company). Toda esta difusión les sirve para poder autorizar y justificar la violencia homicida y suicida del mártir, convenciéndole que está realizando un sacrificio legítimo.
Internet y sus RRSS le sirve para el reclutamiento masivo de frágiles jóvenes que necesitan sentirse identificados y pertenecientes a un grupo que los acepte, contenga y represente. Consiguen por estos medios, día a día, nuevos seguidores que están necesitados en un ambiente que consideran hostil. Ese occidente que traicionó tantas veces a su pueblo.
6. LAS MOTIVACIONES DEL TERRORISTA
“Cuando llegue el momento de atacar, Leopold dará la orden y el pueblo luchará. Sólo eso. Ése es el inconveniente del sistema: no se discute con un dios. Por lo que sé, podría dar la orden mañana mismo” (Asimov, 2002).
Isaac Asimov, escribió algunas de las mayores obras de ciencia ficción de la historia. Su visión de la religión como una “influencia civilizadora de la historia” (Asimov, 2002) no resultaba muy favorable para esta. En especial criticaba el fanatismo y rechazo a la evidencia científica. Murió el 6 de abril de 1992 y en aquella época el terrorismo islamista no se había globalizado hasta el punto actual, pero él ya opinó en varias ocasiones y dejó plasmado en sus libros lo que pensaba. Para Asimov aquellos que se refugiaban en la religión como última esperanza ante el miedo resultaban un objetivo oportuno de los dirigentes religiosos que les apartarían del raciocinio (Asimov and Mondadori, 2004). Los llamados “dirigentes religiosos” por Asimov saben que cuando se es demasiado débil para forzar el control político es fundamental para mantener la seguridad de sus organizaciones el control religioso (Asimov, 2002).
Este autor nos habla de futuras civilizaciones. Tiempos venideros a miles de años en los que pronostica aún la presencia de religiones. Pero en una visión pretérita comprendemos que “la Humanidad ha pasado siglos inventando dioses a la medida de sus necesidades, de sus miedos y de sus imaginaciones” (Freixedo, 1995).
Dicho esto, actualmente parece insensato desde el punto de vista occidental la justificación que los radicales islamistas hacen de su particular Yihad. Pero esa insensatez alcanza su grado máximo cuando intentamos comprender a los terroristas suicidas. Ya lo dijo Jerome David Salinger en “El guardían entre el Centeno”:
“Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras el segundo aspira a vivir humildemente por ella”
A este respecto dependiendo del autor y su interpretación teológica encontraremos quién reconoce que los mártires serán recibidos por vino y mujeres (Freixedo, 1995) y quién describe que “el mártir está posado en los arboles del paraíso sobre candiles de luz” donde según las tradiciones del Profeta Mahoma, “no hay vida marital” (Brieger, 2007).
Una mal entendida yihad puede llevar al fanatismo religioso y al igual que en el fanatismo ideológico lleva a la formación de ideas que realizan una triple dispensa “dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral” (Revel, 1990). El fanatismo nos hará fijarnos sólo en los aspectos favorables de nuestras ideas, se construirán explicaciones y nos salvaguardará de cualquier cuestionamiento moral. Y es que cuando una idea penetra profundamente en nuestro cognitivo es difícil revertirla. La filmografía también nos ayuda a comprender esto:
– ¿Cuál es el parásito más resistente? ¿Una bacteria? ¿Un virus? ¿Una tenia intestinal?
– Una idea. Resistente. Altamente contagiosa. Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla (Origen, 2010).
Aunque suene fuerte, con toda lógica se puede decir que todo creyente es un fanático, pues admite cosas increíbles (Freixedo, 1995). Pero hay que tener claro que los comportamientos sectarios, fundamentalistas y fanáticos no son ni mucho menos privativos del mundo árabe pero a día de hoy es comprensible focalizar la atención en ello. El fanatismo es utilizado por los reclutadores de futuros terroristas. Deben convertirse en psicólogos con olfato para las personas, para saber qué utilidad puede tener cada uno de ellos. Para ellos deben definir las personalidades de los que engrosarán sus filas. Cada fanático, como cada persona, es distinto. Algunos deben ser preservados por tener capacidad de liderarlo, otros pueden ser prescindibles y convertirlos en mártires. Con millones de musulmanes en el mundo y la capacidad que da la globalización de llegar a cada rincón del globo, está asegurado un repuesto para el yihadista perdido. Cualquier creyente puede convertirse en yihadista, eso lo saben los reclutadores. Además que abrace el radicalismo no supondrá que sea un marginado, loco o perverso. Las debilidades humanas están ahí y hay quien sabe aprovecharlas. De ahí la estupidez de los reportajes en que amigos de un terrorista destacan sus bondades personales.
“En contra de la creencia general, no son personas psicológicamente criminales ni mentalmente taradas las que se unen a este tipo de grupos” (Ovejero, 2008).
El captado una vez preparado estará convencido que eso es lo que ordena su religión y su dios. Por tanto, no duda, porque cree poseer la vedad absoluta. Esto ocurre igual con las sectas que siguen a un líder supremo. Según Ovejero (2008) aunque tienen algunas características propias y diferenciales, las sectas y grupos terroristas tienen muchos aspectos en común. Más que en alguna patología habría que buscar el origen la crisis social, económica y de valores. Estas crisis producen frustración, miedo, inseguridad y sensación de falta de sentido a la vida que se está llevando.
Los que tienen una personalidad que no admiten la incertidumbre y la ambigüedad son los más propensos a caer en las redes de las sectas y fundamentalismos. Acaban abrazando el fundamentalismo creyendo que de esa forma encontrarán la identidad perdida. Personalidades autoritarias y con problemas de identidad son las más propensas a ser captadas por grupos que dicen poseer la verdad absoluta. Esta verdad la ven como la solución a sus problemas de incertidumbre y de identidad (Ovejero, 2008).
Como podemos comprobar a nuestro alrededor los grupos terroristas suelen ser eficaces a la hora de captar adeptos. Nos resulta complicado entender como alguien puede caer en esas redes y más aquellos que, como diría el típico vecino entrevista “era un persona normal, parecía buena persona”. Pensamos que el proceso por el que ha tenido que pasar esa persona para llegar a ese punto nunca podría darse con nosotros mismos. Nos creemos invulnerables pero la realidad es que cualquier captado podría pensar de ese mismo modo antes de ser captado. Tal vez ese “a mí eso no me puede pasar” no se debería decir muy alto.
Si pensáramos que sólo un loco podría hacer cosas que consideradas “de locos” entenderíamos por tanto que un terrorista debe tener alguna patología psíquica. Estaríamos según Silke (1998) aplicando “la lógica del gato de Alicia”. Según describe esta lógica “el gato cree que sólo la gente loca puede vivir en el país de las maravillas, por consiguiente cualquiera que se encuentre allí debe estar loco”. Realmente “no hay pruebas de que los terroristas destaquen, en general, por ser psicópatas, paranoicos o presentar una personalidad narcisista” (Ovejero, 2008).
Entonces, si no es la enajenación ¿qué lleva a una persona normal a ingresar en un grupo terrorista? Según Ovejero (2008) las motivaciones “son de tipo psicosocial y están estrechamente relacionadas con sus problemas de identidad, o bien porque ya tienen una identidad personal muy relacionada con el grupo en el que ingresan, o bien, y son los casos aparentemente más sorprendentes, porque buscan una identidad y una pertenencia grupal que no tienen”.
Por lo tanto, las personas solas y aisladas son fáciles blancos. La necesidad de pertenencia es tal vez la más potente de las necesidades humanas (Ovejero 2008). Una vez elegida la víctima vulnerable se procederá a su lavado de cerebro que pretende “despojar al individuo de su yo y edificar algo nuevo sobre los cimientos que quedan” (Brown 1978). Se utilizarán técnicas de persuasión y la persona quedará si cabe más desorientada pero ahora ya no hay que pensar y una vez convencido podrá justificar cualquier cosa hecha en nombre de su creencia.
Ovejero (2008) propone cuatro fases en el proceso de captación de adeptos por parte de grupos sectarios:
Seducción: Es el acercamiento, los primeros contactos, personales y directos en personas particularmente influenciables. El seductor muestra “lo hermanados que están sus miembros” a las posibles víctimas “con falta de identidad, ausencia de apoyo social, debilidad del yo, etc”
Captación: Conseguida la seducción la captación es, dicho coloquialmente, “coser y cantar”. En esta etapa se establece “la pertenencia del sujeto al grupo”. Ahora el sujeto se centrará en la parte emocional y afectiva que antes estaba vacía y que ahora ha llenado el grupo. Dejará de lado la vía racional.
Conversión: Una vez captada la víctima acepta el credo y transforma su vida tomando lo que se le ofrece, una nueva forma de vivir y pensar.
Adoctrinamiento: En esta fase se consolida la nueva identidad para mantener y fortalecer las nuevas creencias.
Hemos hablado de motivaciones que pueden llevar a un individuo a unirse a estos grupos terroristas, pero una vez dentro captado y convertido ¿Qué lleva a una persona a la crueldad más absoluta? En este sentido Stanley Milgram publicó en 1963 un artículo con el título Behavioral Study of Obedience (Estudio del comportamiento de la obediencia) en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology. En él se recogía la interpretación a los resultados dados en un experimento de campo cuyo fin era medir la disposición de los individuos para obedecer las órdenes de una autoridad. En concreto esas órdenes iban dirigidas a causar dolor físico mediante descargas eléctricas sobre otro participante en el experimento, el cual, realmente, interpretaba un papel y hacía ver al sujeto que estaba siendo estudiado que efectivamente estaba padeciendo un dolor, a veces insufrible, por su conducta.
Cuando Milgram ideó este experimento quería responder a una pregunta surgida en su cabeza “¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes?” (El experimento de Milgram, Wikipedia, 2006). Eichmann en aquella época había sido juzgado por crímenes contra la humanidad en la Alemania nazi. Finalmente en 1974 en su artículo “Los peligros de la obediencia” concluyó entre otros aspectos que lo principal del descubrimiento del estudio era “la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad”. Y es que los resultados fueron sorprendentes. Thomas Blassen en 1999 tras aglutinar todos los resultados de los experimentos hechos siguiendo este procedimiento concluyó que “el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66%”. Las personas valoraban que en una escala del 0 al 14 ellos habrían causado un dolor de valor 13 a la persona sometida a descargas (El experimento de Milgram, Wikipedia,2006).
Posteriormente se han realizado más experimentos parecidos como el llamado “juego de la muerte”. Dicho experimento en formato televisivo y presentado como documental (infonomwecam, 2012) nos muestra como personas creyendo participar en un programa televisivo “torturaban” con descargas eléctricas a otro participante. Nuevamente este participante era un actor y nuevamente un amplio porcentaje de los individuos estudiados aplicaban descargas “inhumanas” al actor. No quita que estas personas en ocasiones se las veía con ataques de ansiedad después de haber apretado el botón que provocaba la descarga. El actor/víctima debía salir a tranquilizarles y mostrarles que realmente era un experimento y estaba bien. En otras ocasiones personas que no parecían mostrar ningún tipo de arrepentimiento al presentarse el actor como lo que era e informales del experimento su reacción era decir “ah! pues lo haces muy bien, me lo había tragado”. Total que hay personas que creían plenamente que su acción estaba provocando un dolor insufrible en otra persona pero aun así continuaban con las descargas.
Puede ser que al ser descargas eléctricas y no aparecer heridas o sangre, pensar que tras la descarga el dolor desaparecerá y no habrá consecuencias, puede hacer subir el porcentaje de los que pulsan el botón. Nos queda la esperanza de que si al pulsar el botón se produjera una puñalada o en caso extremo un degollamiento el porcentaje sería mucho menor. Confiemos que si….
Puede ser por lo tanto un salto enorme, ya que la conducta de un terrorista suicida o un terrorista que degüella a un prisionero presenta un sadismo especial, pero hay que recordar que quien es considerado autoridad, en estos experimentos, es una persona que se presenta como tal unos minutos antes de empezar el experimento. Ahora imaginemos a esa autoridad, a la cual veneramos y admiramos, diciéndonos que habla en nombre de Alá y que nuestro designio es matar infieles.
En el discurso religioso se enseña a los jóvenes una jerarquía de autoridad que empieza por Dios. “Dichos jóvenes depositan su confianza en las autoridades religiosas actuales como los predicadores, mulás, sheijs, imames, faqihes, hadicistas, etc.” (Labrass, 2016). En concreto, la enseñanza del Islam tradicional se ajusta a la ortodoxia así como a los criterios de autoridad (Yahya 2010).
A parte de la orden dada por la autoridad, resulta que en el caso de los terroristas, según Ovejero (2008) pasan por un “proceso de entrenamiento” que comienza con la comisión primero de pequeños actos violentos. El aumento progresivo en la escala de violencia hace que “el costo psicológico de matar” sea menor. También existiría el procedimiento de la “racionalización” del acto cometido que una vez cometido justificaría y legitimaría la conducta. Continúa Ovejero diciendo que para racionalizar, uno de los mecanismos es la adquisición de una ideología y otro es la deshumanización de las víctimas con lo que los “sentimientos de culpa serían menores, ya que no han matado a personas, sino a meros animales”. En palabras del director de la mezquita “El Mouchidine” de Amsterdam «Los no musulmanes son perros» (Alerta digital, 2014).
Ahora sumemos al explosivo coctel de personalidades tan necesitadas y convertidas al radicalismo, el consumo de estupefacientes. El resultado es el perfecto yihadista, (Hernández sd, 2016). Control, fascinación, fanatismo y ahora alcohol y drogas. Bueno realmente ese “ahora” sobraría. El uso de sustancias va unido a la palabra guerra desde tiempos inmemorables. El soldado acrecienta su valentía, y es que, según reza el dicho:
«Cuando a un soldado le dan de beber, o está jodido o le van a joder» (Perez-Reverte, 2011).
Por último, una vuelta de tuerca del control sobre el adepto, queda demostrada cuando nos referimos a los terroristas suicidas. Aunque parecen la seña de identidad de la yihad global no es algo exclusivo de ellos, los pilotos kamikaze japoneses, los separatistas tamiles marxistas y los kurdos son un ejemplo de ello.
Los terroristas suicidas son un medio de reequilibrar la asimetría del débil contra el poderoso estado. No requieren mucha formación técnica para apretar un botón en su cinturón o mochila y el testamento en vídeo que dejan grabado antes de morir ayudará a reclutar a más mártires. El adiestrador o captador aquí ejerce un papel sumamente importante. Le llevará semanas o meses disipar las dudas del adepto y centrar su mente en su misión (Burleigt, 2008).
El terrorismo suicida se ha convertido en el más devastador de nuestros días. Son la bomba perfecta, teledirigida para acertar en el blanco y sin preocupación por cómo huir del lugar de los hechos (Reinares, 2003). Además sus familias a su muerte tendrán el respaldo social que merece el mártir. Esto contribuye, más si cabe, a destruir los tabúes que pudieran quedar sobre el suicidio, que en cualquier caso habrán sido matizados por los instructores (Burleigt, 2008).
El miedo aumenta al comprobar que no hay un patrón común entre los terroristas suicidas, nos podemos encontrar alguno provenientes de familias acomodadas como Mohammed Atta, líder de los secuestradores del 11 de Septiembre y veinteañeros palestinos carentes de oportunidades y desesperados. (Reinares, 2003).
7. CONCLUSIONES
Desde Occidente creemos que la mayor amenaza para la seguridad y el modo de vida proviene del mundo árabe e islámico, en particular de lo que hoy se conoce como terrorismo yihadista. En las noticias de la televisión se pueden ver los atentados que día sí y día también se dan en cualquier parte del mundo. Pero ese mundo no lo consideramos nuestro, su sufrimiento no nos toca tan de cerca. Mientras las guerras se libren lejos de nuestras fronteras, nos mantenemos despreocupados. Sólo nos acordamos de ellas cuando llaman a la puerta de nuestra casa. Los recientes atentados en París se cometieron tras otros en Líbano, Egipto, Turquía, Iraq, Siria, etc… pero estos no llegaron a transcender. Parece que el valor de una vida depende de su situación geográfica.
Consideramos que la sociedad occidental ha sufrido transformaciones que no ha sufrido el islámico y es que tal vez no se les ha dejado tenerlas. Occidente a lo largo de muchos años ha contribuido a desestabilizar la zona y esto ha generado, al ser aprovechado convenientemente por manipuladores, un profundo sentimiento de cólera y frustración en el mundo islámico. Muchos consideran que han sido presionados hasta la desesperación sin dejarles una salida libre. Ahí entra en juego el islamismo yihadista, el cual, como pensamiento estructurado parece ser la única corriente que ofrece una vía de escape con una poderosa capacidad de convocatoria.
El yihadismo actual se traduce directamente en una herramienta bélica más que política. Este “nuevo” terrorismo es el más brutal de la historia y la mayoría de las veces no presenta un pliego de reivindicaciones concretas. Ya no nos encontramos con un terrorismo selectivo, como los que hemos padecido en Europa Occidental desde hace un siglo, sino una guerra a muerte, de aniquilamiento a pequeña escala. Sus espectaculares atentados en o contra Occidente, exhiben determinación y capacidad de infligir daño al origen de sus males. Con ello tratan de conseguir más apoyos en su población de referencia y valer de resorte para que otros individuos emulen las acciones en otros países.
Las religiones moldean los hábitos de sus seguidores y esto provoca el choque de culturas resultante al entrar en contacto unas con otras. Este hecho es más notable con las religiones expansionistas que a lo largo de la historia han llevado su causa al enfrentamiento contra los que no profesaban su fe. En la mayoría de las ocasiones intereses personales de dirigentes religiosos y políticos han sido la causa del choque contra otras civilizaciones, estados y culturas. La religión fue en muchas ocasiones la gasolina que hacía funcionar el motor. El ejército, formado por el pueblo llano, necesitaba motivos para convertirse en mártires. Sin el convencimiento que da la religión es muy probable que estos mártires fueran capaces de perpetrar acciones tan violentas y con un desprecio tal, tanto a la vida ajena como a la propia.
Sin embargo, no podemos condenar a las religiones por los errores de quienes usan sus nombres para justificar el horror. Todas las religiones han tenido o tienen una parte de fieles que practican la ortodoxia, llevando al estricto cumplimiento tradiciones milenarias poco ajustadas a los tiempos que corren. Son interpretaciones que la mayoría de las veces disfrazan intereses ocultos. Por lo tanto, no es a la religión a la que hay que condenar, sino a cierta gente que llevada por el odio se oculta tras ella para cometer salvajadas. Aun así, no es suficiente censurar al individuo particular que comete la acción. Habrá que determinar también cuál es el veneno del que bebe para que se llegue a generar en él ese odio que motiva su cólera y frustración. Hay que localizar y cortar el chorro de la fuente de la que beben tantas personas sedientas que parecen encontrar un oasis cuando se hallan perdidos en un desierto de desavenencia y frustración.
Hay que poner atención, por tanto, a cómo los propios árabes y musulmanes en general han entendido y comprendido su historia. Los dirigentes del mundo occidental deben estar atentos al ahogo y estancamiento que provocan fuera de sus fronteras si tienen alguna esperanza de poner remedio al terrorismo yihadista. Pero los intereses parecen ser otros. De hecho, ese fundamento islámico que a día de hoy se pretende combatir fue en su día utilizado y alimentado por Occidente para contrarrestar la propagación del comunismo y el nacionalismo. Por lo tanto, la solución es demasiado compleja y con demasiados intereses como para ser encontrada en estas líneas.
En la lucha contra el terrorismo islamista se ha pretendido exportar sistemas de gobierno occidentales a países musulmanes, y es obvio que no ha funcionado. De hecho, estos movimientos han sido vistos como agresiones hostiles contra su modo de vida. El intervencionismo no ha creado más que hostilidad y las corrientes en su contra han encontrado un inmenso apoyo popular que quiere sacudirse lo que consideran una dominación extranjera. No quieren más “liberaciones” que pretendan imponer su cultura y sistema de vida, por lo que abrazan a quien les planta cara, negándose a reconciliaciones y acuerdos. La yihad global es un fenómeno social que vende este concepto. Se acaba convirtiendo en una ideología, una forma de vivir, una subcultura opuesta a occidente que parece avanzar imparable como una maquinaria irreductible.
Las nuevas posibilidades dadas por el desarrollo tecnológico han modificado las características de los grupos terrorista. La influencia de las acciones cometidas pueden llegar más lejos y con un impacto mucho mayor. A través de internet el mensaje de destrucción puede instruir a cualquiera que muestre un mínimo de interés. En su búsqueda de identidad, el futuro terrorista, sin un contacto directo con la organización, puede ser adiestrado en las artes del combate bajo el fundamento de la defensa del Islam en su lucha contra el infiel. Al final, la propaganda suministrada por canales islamistas le hará sentirse en la necesidad de demostrarle al occidental que el daño producido a sus hermanos musulmanes tiene un precio. Hay una cuota de dolor, pánico e incertidumbre que inevitablemente el primer mundo deberá pagar.
Quien difunde estos mensajes de odio y llama a la movilización se convierte en la “autoridad” que toma la forma de percutor de la “bomba humana”. Este iniciador es vital a la hora de fomentar las ideas violentas que acabarán justificando las acciones y que se convierten en los verdaderos autores de los crímenes. El mártir cometerá un acto espeluznante con la confianza plena de que su sacrificio es merecedor de un paraíso de huríes y miel. Cuando el trabajo del “manipulador” este completo, en la conciencia del terrorista sólo existe la idea de que hace lo adecuado y que su acción llevará nuevamente la gloria a su pueblo y a sus hermanos que tanto daño han parecido.
Como se ha visto, el conflicto actual con el terrorismo global carece de frentes definidos. El nuevo mártir es un desconocido que dificulta la prevención del atentado indiscriminado. Pero no todo está perdido. Se debe seguir trabajando desde distintos frentes:
Policialmente: Obteniendo información exhaustiva mediante la infiltración y los colaboradores.
Socialmente: Evitando la formación de guetos radicales y la islamofobia.
Políticamente: Generando la legislación adecuada y adoptando estrategias responsables.
Judicialmente: Aplicando las leyes con el rigor necesario y facilitando, dentro de la legalidad, las investigaciones.
Militarmente: Conteniendo la expansión sobre el terreno.
Por último, siendo conscientes de que el terrorismo islamista es un apéndice desviado del Islam, la comunidad musulmana debe ser responsable a través de sus cleros del mensaje que lanza a sus jóvenes. Condenar la violencia con un rechazo susurrado no es suficiente. Deben realizar un verdadero ejercicio de autocrítica sobre las interpretaciones que difunden y como son entendidas. Los gobiernos de los países musulmanes han de colaborar y evitar la financiación de mezquitas con mensajes radicales pues no todo vale en la difusión de sus creencias.
